Favoritos De La Fortuna

Favoritos De La Fortuna

Author:Colleen McCullough
Language: es
Format: mobi
Published: 2008-10-04T22:00:00+00:00


Al retirarse aquella noche a su habitación y tumbarse desnudo en la cama, César pensó que sus padres siempre habían sido unas figuras distantes para él. Su padre estaba muy poco en casa, y cuando le veían parecía estar más interesado en hacer una especie de guerra sorda contra su esposa que en establecer relación con los hijos; y su madre era una mujer de equidad intachable, crítica hasta la exasperación e incapaz de dar afecto concreto. Quizá, pensó César, eso explicaba en buena parte la evidente desaprobación de su padre por ella, una mujer altiva, fría. Lo que el joven no podía ver, por supuesto, era que el verdadero motivo de la insatisfacción de su padre surgía de la infatigable dedicación de Aurelia a su trabajo de propietaria de la insula, tarea que él consideraba denigrante para ella; pero como César y sus hermanas no habían conocido aquella faceta de su madre, no habían intuido que era eso lo que había mortificado al padre, y estaban convencidos por el contrario de que su actitud se debía a la falta de besos y abrazos, pues no podían saber lo placenteras que eran las noches que sus padres pasaban juntos. Cuando llegó la terrible noticia de la muerte del padre, traída por el mismo portador de las cenizas, la reacción inmediata de César había sido abrazar a su madre y consolarla, pero ella se había cerrado en banda, diciéndole con escuetas palabras que no olvidase su condición. Y él había sufrido hasta que ese mismo distanciamiento inculcado por ella se había afirmado en su propia personalidad, haciéndole entender que de ella no podía esperarse otra actitud.

Y quizá, pensó César, eso no era más que un signo de algo que él siempre había advertido: que los niños siempre desean de sus padres cosas que éstos no quieren o no pueden darles. Su madre era una perla sin par, lo sabía; del mismo modo que era consciente de cuánto la quería; y además, jamás podría agradecerle que le hubiese señalado constantemente cuáles eran sus puntos débiles, y más aún que le hubiese dado valiosos consejos mundanos y nada maternales.

Y sin embargo... sin embargo... Era muy agradable que a uno le recibieran con besos y abrazos y gran afecto, como habían hecho Nicomedes y Oradaltis. No llegaba conscientemente a desear que sus padres hubiesen sido así, pero sí que echaba a faltar en ellos un comportamiento semejante.

Aquel estado de ánimo duró hasta que fue a desayunar con ellos a la mañana siguiente y la luz del día dejó al desnudo sus absurdos deseos. Sentado frente al rey Nicomedes, César superpuso mentalmente al anciano el rostro de su padre (Nicomedes, como deferencia para con César no se había pintado) y le entraron ganas de reír. En cuanto a Oradaltis, sería reina pero no tenía ni la décima parte de regia dignidad que Aurelia. No eran unos padres, pensó, sino abuelos.

Era octubre cuando llegó a Nicomedia, y no tenía prisa por irse, con gran contento del



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